domingo, 10 de julio de 2011

Amazona




Aquiles vio venir a la amazona y se reflejó en la alta figura como en un espejo. Había vivido entre las mujeres cuando estuvo en Esciros disfrazado de doncella y les había temido. Pero en el lecho siempre entraba como un vencedor y las cautivas de hermosa cintura a las que había arrancado de sus hogares después de matar al padre o al esposo terminaban adorándolo como un dios, trémulas como Psiquis ante Eros.
Pentesilea miró a Aquiles y quedó deslumbrada.
-Su madre es sin dudas una diosa -pensó- pero Aquiles es mortal como Patroclo y como Héctor. Si lo venzo, me llenaré de gloria y consagraré sus armas a Ártemis. Sobre su escudo recostaré a la primera hija que me nazca en la patria montañosa, a la orilla del Ponto, morada de mi madre.
Tiempo después, Aquiles despojaba a la amazona de su coraza. Sus bellos ojos abiertos, con la última interrogación dibujada en la pupila se le clavaron en el alma a Aquiles, tan hondamente como la espada del héroe se había clavado en el pecho de la reina.
Los bellos ojos abrieron manantiales en los ojos de Aquiles, que supo que sin la guerra de por medio habría amado a esa mujer como la única compañera digna de su alma. Se arrodilló y devolvió la coraza al suave pecho de la guerrera; sus largos cabellos rozaron el rostro de Pentesilea y una lágrima del héroe cayó sobre la mejilla de la amazona.

El escudo de Aquiles
MGE
 

María García Esperón Design by Insight © 2009